Cristóbal Balenciaga: el genio de las telas

El humilde muchachito español, que a principios del siglo XX soñaba con ser modisto, llegó a ser considerado como el “creador del arte de la alta costura” por Hubert de Givenchy, “el más genial” según Yves Saint Laurent y el “maestro absoluto” para Nicolas Ghesquière, su reciente sucesor. André Courrèges, Emanuel Ungaro, Hubert de Givenchy y Oscar de la Renta fueron sus alumnos y colaboradores. Coco Chanel y Christian Dior sus colegas y admiradores. Cristóbal Balenciaga es sin duda uno de los más respetados íconos de la moda y logró nada menos que reinventar las siluetas femeninas. Vida y obra del maestro de los maestros.

Nació en 1895 en la pequeña localidad de Guetaria, en el País Vasco, en el seno de una familia humilde y muy católica. Su padre era un pescador y su madre, una costurera. Desde pequeño soñaba con ser modisto. A los trece años, la Marquesa de Casa Torre, se sintió conmovida ante sus ansias por aprender el oficio de la moda, y le entregó un trozo de tela junto a uno de sus más exclusivos vestidos, para que lo copiara. El resultado contentó tanto a la marquesa, que de ahí en adelante se convirtió en su mecenas.



Cristóbal Balenciaga: el genio de las telas

Tras un decisivo viaje en 1912 a París, Balenciaga comenzó su carrera en el mundo de la moda. En 1916 abrió un taller de costura y sastrería en San Sebastián, donde comenzó a hacerse un nombre que a principios de los años 30 era ya de enorme prestigio en España, donde la nobleza usaba sus diseños. Llegó a abrir otras casas en Madrid y Barcelona, pero cuando estalló la Guerra Civil comenzó con un nuevo taller en París en 1937.

A diferencia de muchos diseñadores, Balenciaga tuvo un pleno dominio de la costura y del manejo de tejidos. Era capaz de montar un vestido con un paño de tela, sin apenas cortes ni costuras, en poquísimo tiempo. Su habilidad en crear volúmenes y formas fue asombrosa; daba a las prendas un acabado perfecto, casi escultórico, encubriendo todas las botonaduras y puntadas de hilo. Su nivel de exigencia le llevaba a desarmar un vestido entero si no quedaba a su plena satisfacción.

Fue un apasionado de los grandes maestros de la pintura española, especialmente de Velázquez y Goya, aunque sus modelos también muestran influencias cubistas. Se ha dicho que su percepción de la mujer es más japonesa que occidental. Su lema era: “arquitecto para las líneas, escultor para la forma, pintor para el color, músico para la armonía y filósofo para la medida“. Manifestaba predilección por los tejidos con peso, que se enriquecían con bordados a mano, lentejuelas o pedrería.

En torno a 1940, inventa los sombreros realizados con cabellos a base de largas trenzas postizas. También en esta época idea el ya clásico petite robe noire. Presenta chaquetas alargadas y las faldas acampanadas, que a veces se sustituían por faldas-pantalones. En torno a 1947 crea la línea Cocon y rinde homenaje a su origen español con sus boleros toreador bordados para la noche. La inspiración española llega también a los vestidos.

Su primera incursión en el mundo del perfume es en 1948, con la creación de la fragancia Fuites des Heures o Fleeting moment. Siempre marcando época, inicia los años cincuenta con colecciones de trajes sastre entallados, abrigos vaporosos o rectos (en ocasiones sin cuello) y mangas abombadas. Los vestidos se acortan y los abrigos se coronan con amplios cuellos.

En 1955 busca los efectos de dobles faldas y promueve los baby dolls en encaje o seda que tanto glamour aportan los cincuenta. Durante los últimos años de la década vuelve a los talles muy altos y apuesta por los abrigos rectos a menudo sin cuello, las chaquetas cortas y los vestidos ceñidos en la cintura. Los vestidos-saco son clave en sus colecciones de estos años.

El regreso del talle imperio se hace evidente al final de la década, sobre todo en los vestidos de noche, que en muchas ocasiones presentan asimetrías en el corte. Estos dejan paso a otros muy voluminosos y a las chaquetillas cortas de forma box, con sisas de estilo kimono, corte al bies, formas ablusadas, cinturas holgadas y talles altos.

En 1960 se consolida con la confección del vestido de novia de Fabiola, Reina de Bélgica. A medida que avanza la década, Balenciaga se decanta por los conjuntos deportivos en tweed grueso o a cuadros, los abrigos-capa, las mangas murciélago y los mohairs transparentes de Ascher. A mediados de la década crea los primeros impermeables transparentes en material plástico. Su última colección se presenta en 1968, marcada por las chaquetas largas para los trajes de sastre o las faldas más cortas, las rayas horizontales, túnicas de encaje y vestidos.

Balenciaga creaba diseños exclusivos para sus mejores clientas sin necesidad de pruebas; la misma Marlene Dietrich afirmó que Balenciaga conocía sus medidas y que ninguno de sus vestidos exigió retoques. Uno de sus últimos trabajos fue el uniforme de las azafatas de Air France, el único de sus modelos que se produjo en masa. En 1968 se negó a que su firma entrara al prêt-à-porter, lo que motivó la pérdida de su clientela estadounidense, por lo cual decidió retirarse tras cinco décadas al servicio de la moda.

Enemigo de hacer vida social, hizo su última aparición pública en el entierro de Coco Chanel, en 1971, y al año siguiente falleció en Alicante. En la actualidad el diseñador de la firma Balenciaga, con sede en París, es el joven creador Nicolas Ghesquière.







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